No hacía más de treinta minutos que el foco de cien watts,
que se encontraba en el techo, bastante alto de aquel local que era utilizado
para el comercio, se había apagado por una falla en el suministro de energía
eléctrica.
Jorge, el joven de dieciséis años, e hijo de don Joaquín,
dueño del local ya mencionado, se encontraba atendiéndolo al momento del
apagón; en cuanto se vio se vio sumergido en la repentina oscuridad fijó la
vista en la bombilla recién apagada y se levantó murmurando maldiciones contra
la Compañía de Luz, se dirigió hacia la entrada del negocio y para su mala o
buena fortuna, se dio cuenta de que todas las casas vecinas habían corrido con
la misma suerte que el negocio de su padre.
Refunfuñando regresó al otro lado del mostrador y buscó un
pedazo de cera, un vaso viejo relleno con periódico y una caja de fósforos,
para así poder meter la cera en el vaso y con los cerillos prenderla, y tener
su lámpara provisional mientras la luz llegaba, claro, si es que llegaba.
Colocó su vela encendida junto a la báscula, instrumento
que por cierto siempre había odiado usar en el negocio, pues eso implicaba
pesar queso, crema, y otros embutidos, cosa que a Jorge no le encantaba, el
sólo gustaba de despachar cosas simples, como dulces o cosas empaquetadas.
En fin, una vez que la vela había sido puesta junto a la
báscula y Jorge se sentó tras el mostrador, comenzaron a pasar los minutos sin
que la luz volviera; él ya estaba muy aburrido, no podía ver televisión, no
podía leer con la tenue de la vela, es más, deseaba que alguien llegara a
comprar, no importaba que fuera queso o crema. Fue cuando se dio cuenta en que
algo tan cotidiano como la electricidad reflejada en la bombilla se podía ir de
repente y hacer mucha falta.
Jorge, al comenzar a resignarse de que el suministro
eléctrico no volvería sino hasta el día siguiente, se puso a pensar en y a
buscar en algo con qué entretenerse, que por supuesto, no dependiera de la
faltante luz eléctrica.
Pronto le vino a la mente uno de sus juguetes favoritos,
aquel juguete que él no soltaba en la no tan lejana infancia; su balero, buscó
por unos cuantos minutos y efectivamente, ahí estaba el fiel y divertido
compañero de madera, así que, Jorge al momento de hallarle se dispuso sin más
ni más a jugar con él, comenzó a realizar sus capiruchos con su balero de color verde con franjas rojas unido por
medio de una jareta blanca a su palo; y así iba siendo ensartado; -cinco, diez,
veinte, treinta...- contaba mentalmente Jorge, seguía siendo igual de entretenido
como cuando era niño; repentinamente una voz, tal vez femenina llamó toda su
atención.
-Buenas noches, Jorge- dijo la voz femenina, él levantó la
cabeza y sonrió al verla, al encontrarse con una imagen bastante agradable; era
Elena, vecina suya, apenas año y medio mayor que Jorge y además una chica, ya
entrando en la adultez, y le parecía tan atractiva que la mayoría de las veces
que a él le tocaba cuidar del negocio, lo hacía sólo con la esperanza de que
“Lena”, como él le decía, fuera a comprar algo. Ese día había corrido con
suerte.
-¿Qué vas a llevar Lena?- , después de agregar al saludo
inicial y de sonreírle; no podía dejar de pensar en que la luz de la vela tenía
un raro brillo que hacía resaltar la belleza de Elena; su cabello castaño y
ondulado había adquirido un esplendor que a él le hipnotizó por breves
segundos, y sus ojos, esos cafés, destellaban en un solo y pequeño haz de luz
que se dispersaba.
La joven le pidió tres parafinas, Jorge las despachó sin
ninguna prisa, quería que el aroma a vainilla de Elena se quedara por más
tiempo en el local; después de despachar y al estar cobrando el hizo un
comentario sobre el apagón, al cual Elena sólo le dio la razón, así sin ninguna
expresión, entonces despidiéndose con la misma cortesía con que había saludado,
salió del local, pero era más que evidente que sólo era cortesía.
Jorge, aunque sin ganas y esforzándose, trató de admitir
esa verdad, que era como su negocio en ese momento; oscura, y para cuando Elena
se encontraba encendiendo esas parafinas,
Jorge ya la había asimilado, o al menos eso creyó.
Se dispuso a volver a ocupar su asiento, cuando un pequeño
resplandor intermitente captó su atención por completo; era algo que había
observado poquísimas veces en su adolescente vida, lo consideraba un ser
maravilloso, un pequeña luciérnaga que volaba muy cerca de la de entrada del
local.
Anonado y con los ojos bien puestos bien puestos en el
lugar donde había centelleado aquella magnífica luz, se incorporó y se apoyó en
el mostrador, al notar el brillo de nuevo se dirigió a la entrada, al volverlo
a ver se recargó en el borde de metal de la cortina del negocio; Jorge no podía
dejar de mirarla, le parecía que era una obligación; y lo era más seguir
acercándose, ya que estos insectos eran considerados por Jorge como
maravillosos y únicos, para él parecían además estrellas que venían del cielo
para volar y dar un pequeño entre los mortales, y aunque solamente había visto
unas cuantas en sus cortos dieciséis años, eso era suficiente para admirarlas
por siempre.
De un instante a otro el añorado destello volvió, y Jorge sentía una rara emoción al pensarse
cada vez más cerca de él. En ese momento olvidó todos sus problemas y los
sucesos recientes; la tienda, la falta de electricidad, el balero, Elena, el sutil
rechazo de ésta e incluso a sí mismo; sólo pensaba en esa hermosa e hipnótica
luz.
Destelló de nuevo, Jorge ya estaba prácticamente afuera del
local prácticamente para atrapar a la luciérnaga, a su luciérnaga; ya la
consideraba suya, por eso es que comenzó a estirar el brazo, la distancia debía
ir siendo menos; para él era como si el hecho de atraparla o de tocarla incluso
fuera cambiar su vida para siempre.
La emoción era incontenible, la alegría igual, su brazo
estaba a punto de llegar al añorado insecto, a la fuente de luz natural, su
luciérnaga, ser proveniente del cosmos, según Jorge.
Y tal vez el maldito azar no descartó un cambio en la vida
de Jorge; pues en el momento en que este logró que aquella luz intermitente
voladora tocara uno de sus adolescentes dedos; un fuerte rechinido en el
pavimento sacó al joven de su éxtasis para situarlo en la realidad, para
ponerle frente a un par de luces terrestres mucho más grandes y luminosas que
las de su gracioso insecto.
Ese mismo par de faros lo embistió, dándole un golpe que le
sacó totalmente de equilibrio y acabó por terminar esa fantasía y alegría
embriagadoras. La embestida lo lanzó a poco más de un metro de su luciérnaga,
de su maravillosa luciérnaga.
No logró percibir ese momento en el que el suelo lo
recibió, de manera tan brusca, sobre todo a su cabeza; se le empezó a dormir el
cuerpo, morbosos comenzaron a asomarse a salir; el auto verdugo quiso escapar,
pero muchos vecinos se pusieron frente a él a pesar de que aún no llegaba la
luz se agilizaron.
Jorge, en los últimos instantes fijo los ojos en el cielo,
en ese cielo estrellado que se apreciaba mejor sin la contaminación lumínica;
comenzaba a perder la noción de su alrededor, ni si quiera sentía que don
Joaquín lo tenía en sus brazos, desesperado; esbozó una sonrisa al pensar en la
cantidad de luciérnagas que estaría a punto de ver.
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