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miércoles, 9 de diciembre de 2015

La luciérnaga



No hacía más de treinta minutos que el foco de cien watts, que se encontraba en el techo, bastante alto de aquel local que era utilizado para el comercio, se había apagado por una falla en el suministro de energía eléctrica.
Jorge, el joven de dieciséis años, e hijo de don Joaquín, dueño del local ya mencionado, se encontraba atendiéndolo al momento del apagón; en cuanto se vio se vio sumergido en la repentina oscuridad fijó la vista en la bombilla recién apagada y se levantó murmurando maldiciones contra la Compañía de Luz, se dirigió hacia la entrada del negocio y para su mala o buena fortuna, se dio cuenta de que todas las casas vecinas habían corrido con la misma suerte que el negocio de su padre.
Refunfuñando regresó al otro lado del mostrador y buscó un pedazo de cera, un vaso viejo relleno con periódico y una caja de fósforos, para así poder meter la cera en el vaso y con los cerillos prenderla, y tener su lámpara provisional mientras la luz llegaba, claro, si es que llegaba.
Colocó su vela encendida junto a la báscula, instrumento que por cierto siempre había odiado usar en el negocio, pues eso implicaba pesar queso, crema, y otros embutidos, cosa que a Jorge no le encantaba, el sólo gustaba de despachar cosas simples, como dulces o cosas empaquetadas.
En fin, una vez que la vela había sido puesta junto a la báscula y Jorge se sentó tras el mostrador, comenzaron a pasar los minutos sin que la luz volviera; él ya estaba muy aburrido, no podía ver televisión, no podía leer con la tenue de la vela, es más, deseaba que alguien llegara a comprar, no importaba que fuera queso o crema. Fue cuando se dio cuenta en que algo tan cotidiano como la electricidad reflejada en la bombilla se podía ir de repente y hacer mucha falta.
Jorge, al comenzar a resignarse de que el suministro eléctrico no volvería sino hasta el día siguiente, se puso a pensar en y a buscar en algo con qué entretenerse, que por supuesto, no dependiera de la faltante luz eléctrica.
Pronto le vino a la mente uno de sus juguetes favoritos, aquel juguete que él no soltaba en la no tan lejana infancia; su balero, buscó por unos cuantos minutos y efectivamente, ahí estaba el fiel y divertido compañero de madera, así que, Jorge al momento de hallarle se dispuso sin más ni más a jugar con él, comenzó a realizar sus capiruchos con su balero  de color verde con franjas rojas unido por medio de una jareta blanca a su palo; y así iba siendo ensartado; -cinco, diez, veinte, treinta...- contaba mentalmente Jorge, seguía siendo igual de entretenido como cuando era niño; repentinamente una voz, tal vez femenina llamó toda su atención.
-Buenas noches, Jorge- dijo la voz femenina, él levantó la cabeza y sonrió al verla, al encontrarse con una imagen bastante agradable; era Elena, vecina suya, apenas año y medio mayor que Jorge y además una chica, ya entrando en la adultez, y le parecía tan atractiva que la mayoría de las veces que a él le tocaba cuidar del negocio, lo hacía sólo con la esperanza de que “Lena”, como él le decía, fuera a comprar algo. Ese día había corrido con suerte.
-¿Qué vas a llevar Lena?- , después de agregar al saludo inicial y de sonreírle; no podía dejar de pensar en que la luz de la vela tenía un raro brillo que hacía resaltar la belleza de Elena; su cabello castaño y ondulado había adquirido un esplendor que a él le hipnotizó por breves segundos, y sus ojos, esos cafés, destellaban en un solo y pequeño haz de luz que se dispersaba.
La joven le pidió tres parafinas, Jorge las despachó sin ninguna prisa, quería que el aroma a vainilla de Elena se quedara por más tiempo en el local; después de despachar y al estar cobrando el hizo un comentario sobre el apagón, al cual Elena sólo le dio la razón, así sin ninguna expresión, entonces despidiéndose con la misma cortesía con que había saludado, salió del local, pero era más que evidente que sólo era cortesía.
Jorge, aunque sin ganas y esforzándose, trató de admitir esa verdad, que era como su negocio en ese momento; oscura, y para cuando Elena se encontraba encendiendo esas  parafinas, Jorge ya la había asimilado, o al menos eso creyó.
Se dispuso a volver a ocupar su asiento, cuando un pequeño resplandor intermitente captó su atención por completo; era algo que había observado poquísimas veces en su adolescente vida, lo consideraba un ser maravilloso, un pequeña luciérnaga que volaba muy cerca de la de entrada del local.
Anonado y con los ojos bien puestos bien puestos en el lugar donde había centelleado aquella magnífica luz, se incorporó y se apoyó en el mostrador, al notar el brillo de nuevo se dirigió a la entrada, al volverlo a ver se recargó en el borde de metal de la cortina del negocio; Jorge no podía dejar de mirarla, le parecía que era una obligación; y lo era más seguir acercándose, ya que estos insectos eran considerados por Jorge como maravillosos y únicos, para él parecían además estrellas que venían del cielo para volar y dar un pequeño entre los mortales, y aunque solamente había visto unas cuantas en sus cortos dieciséis años, eso era suficiente para admirarlas por siempre.
De un instante a otro el añorado destello volvió,  y Jorge sentía una rara emoción al pensarse cada vez más cerca de él. En ese momento olvidó todos sus problemas y los sucesos recientes; la tienda, la falta de electricidad, el balero, Elena, el sutil rechazo de ésta e incluso a sí mismo; sólo pensaba en esa hermosa e hipnótica luz.
Destelló de nuevo, Jorge ya estaba prácticamente afuera del local prácticamente para atrapar a la luciérnaga, a su luciérnaga; ya la consideraba suya, por eso es que comenzó a estirar el brazo, la distancia debía ir siendo menos; para él era como si el hecho de atraparla o de tocarla incluso fuera cambiar su vida para siempre.
La emoción era incontenible, la alegría igual, su brazo estaba a punto de llegar al añorado insecto, a la fuente de luz natural, su luciérnaga, ser proveniente del cosmos, según Jorge.
Y tal vez el maldito azar no descartó un cambio en la vida de Jorge; pues en el momento en que este logró que aquella luz intermitente voladora tocara uno de sus adolescentes dedos; un fuerte rechinido en el pavimento sacó al joven de su éxtasis para situarlo en la realidad, para ponerle frente a un par de luces terrestres mucho más grandes y luminosas que las de su gracioso insecto.
Ese mismo par de faros lo embistió, dándole un golpe que le sacó totalmente de equilibrio y acabó por terminar esa fantasía y alegría embriagadoras. La embestida lo lanzó a poco más de un metro de su luciérnaga, de su maravillosa luciérnaga.
No logró percibir ese momento en el que el suelo lo recibió, de manera tan brusca, sobre todo a su cabeza; se le empezó a dormir el cuerpo, morbosos comenzaron a asomarse a salir; el auto verdugo quiso escapar, pero muchos vecinos se pusieron frente a él a pesar de que aún no llegaba la luz se agilizaron.
Jorge, en los últimos instantes fijo los ojos en el cielo, en ese cielo estrellado que se apreciaba mejor sin la contaminación lumínica; comenzaba a perder la noción de su alrededor, ni si quiera sentía que don Joaquín lo tenía en sus brazos, desesperado; esbozó una sonrisa al pensar en la cantidad de luciérnagas que estaría a punto de ver.


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